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lunes, 28 de septiembre de 2015

LEY DE TIERRAS  - Ley Nacional Nº 4157 de enero 8 de 1903
 
 Artículo 1. El P.E. mandará explorar y medir las tierras fiscales de modo que se determinen sus condiciones de irrigación, su aptitud para la agricultura, ganadería, explotación de bosques y yerbales u otras industrias y establecimientos de colonias o pueblos. 

2. A medida que se hagan las exploraciones y relevamiento topográfico, el P.E. determinará el destino de las diversas zonas conforme a los objetos enunciados en el artículo anterior, reservando las regiones que resulten apropiadas para la fundación de pueblos y el establecimiento de colonias agrícolas y pastoriles, las cuales serán oportunamente divididas en lotes, de acuerdo con las indicaciones de su topografía. Los lotes agrícolas no podrán exceder de cien hectáreas, y los pastoriles de dos mil quinientas, no pudiendo conceder a una sola persona o sociedad, más de dos de los primeros y uno de los segundo. Las demás tierras serán destinadas al arrendamiento o a la venta en remate público, dentro del máximum para dicha venta, de mil leguas kilométricas cuadradas por año, en los plazos y condiciones que el P.E. determine, sobre la base de un precio mínimum para la venta, de 40 centavos oro la hectárea o 1 peso moneda nacional, pagadero en 5 años de plazo, máximo con el interés de 6 % anual. Ninguna persona o sociedad podrá adquirir, sea directamente o por transferencias anteriores al pago total del precio, más de cuatro solares o dos lotes agrícolas y uno pastoril, ni más de veinte mil hectáreas en compra o arrendamiento. 

3. El P.E. podrá disponer se otorgue el título definitivo de propiedad a los que hubiesen abonado la sexta parte del precio al contado y cumplido las condiciones de población quedando hipotecada la propiedad por el importe de las letras correspondientes a los plazos no vencidos. El título será expedido por medio de boletos talonarios, de los registros respectivos que deberán llevar las oficinas públicas que se determinen; dicho boleto tendrá fuerza de escritura pública y deberá anotarse en los registros públicos correspondientes. En la misma forma se otorgarán los títulos de los lotes de pueblos o colonias y los contratos de arrendamiento. 

4. Los arrendatarios y adquirentes de tierras en propiedad están obligados a poblarlas con haciendas y construcciones cuyo valor no sea menor de 500 pesos moneda nacional por legua kilométrica, dentro de los plazos que establezca el P.E. 

5. El precio mínimum de cada solar de pueblo será de 10 pesos moneda nacional y de las chacras y quintas de $ 2,50 centavos la hectárea, pagaderos en seis anualidades. 

6. Los adquirentes de solares tendrán la obligación de cercarlos y construir una habitación y accesorios dentro del término de un año. Los concesionarios de chacras y quintas deberán dentro de dos años edificar una habitación y cultivar la tierra en la proporción que el P. E. determine en cada colonia. 

7. Autorízase al P.E. para vender directamente lotes que no excedan de 2.500 hectáreas en colonias ganaderas o fuera de ellas, con la base mínima del precio y plazos determinados en el artículo segundo, para dedicarlos a la colonización ganadera en los terrenos que no sean especialmente destinados para la agricultura, con las obligaciones de población establecidas en el art. 4º. La misma autorización se le confiere para los sobrantes que no excedan de la décima parte de la superficie de los lotes vendidos en cualquier forma. 

8. Autorízase al P.E. para conceder gratuitamente hasta la quinta parte de los lotes de pueblos o de colonias agrícolas o pastoriles, a los primeros pobladores que se establezcan personalmente en ellas. 

9. El arrendatario que haya cumplido las condiciones del arrendamiento tendrá derecho a comprar hasta la mitad de la tierra arrendada por los precios que fija esta ley como base para la venta. 

10. Todo arrendamiento de tierra fiscal, concesión o venta de solares o lotes en que no se cumplan las obligaciones de esta ley y las que el P.E. establezca, podrá ser declarada caduca, quedando las mejoras y sumas abonadas a beneficio del Estado. 

11. Cuando los compradores de tierras en remate, no cumplan con las obligaciones de la población establecidas, pagarán una multa equivalente al duplo de la contribución directa durante el tiempo que transcurra sin que se satisfagan dichas obligaciones. 

12. En los terrenos irrigados o irrigables y en aquellos que el P.E. hubiese adquirido o adquiera para colonización agrícola, con autorización especial, del Congreso, se determinará en los reglamentos el precio de venta, que no será nunca inferior al de su costo. 

13. Autorízase al P.E. para encargarse de la colonización de terrenos que las provincias ofrezcan con ese fin, en las condiciones que considere convenientes. 

14. Los escribanos y funcionarios que intervengan en las escrituraciones de tierras de los Territorios Nacionales, deberán comunicar las enajenaciones y las circunstancias en que se hayan llevado a cabo, a la División de Tierras y Colonias, en el plazo de tres meses, bajo pena de incurrir en una multa igual al importe de la contribución directa, si así no lo hicieren. 

15. Las islas no podrán ser enajenadas, pero el P.E. podrá concederlas en arrendamiento. No podrán tampoco ser enajenadas, las tierras que contengan depósitos conocidos de sal, salvo las disposiciones del Código de Minería. El P.E. podrá prohibir la denuncia de minas en los territorios que explote. 

16. En lo sucesivo la ocupación de tierra fiscal no servirá de título de preferencia para su adquisición. 

17. El P.E. fomentará la reducción de las tribus indígenas, procurando su establecimiento por medio de misiones y suministrándoles tierras y los elementos de trabajo. 

18. Mientras no se dicte una ley especial de bosques (véase el Decreto de Noviembre 27 de 1903 sobre Explotación de Bosques), el P.E. podrá conceder hasta 10.000 hectáreas por el 10 % del valor de la madera en la estación o puerto de embarque, y por el término máximo de 10 años. Los arrendatarios de terrenos con bosques no tendrán derecho de explotación sino en la proporción necesaria para sus cercados y leña de consumo, salvo que obtuvieran también la concesión para la explotación industrial del bosque, abonando además del arrendamiento el 10 % establecido; solo el arrendamiento del terreno podrá obtener esta concesión. Los terrenos ocupados por concesiones de bosques sólo podrán ser arrendados para agricultura o ganadería a los mismos concesionarios. En el radio de las poblaciones que el P.E. determine en cada caso, reservará la explotación de bosques para las necesidades de la localidad. 

19. Las concesiones de yerbales en territorios fiscales se regirán por los reglamentos que dicte el P.E. (véase el Decreto de Diciembre 18 de 1903 sobre Explotación de Yerbales). Por cada 10 kilos de yerba que se extraiga de terreno fiscal, se abonará un impuesto de inspección de 50 centavos nacionales, y de 30 centavos si fuere terreno particular. Verificada la explotación de los yerbales, el P.E. podrá vender o arrendar los terrenos en lotes y condiciones adecuadas para vincular la población. En tal caso el arrendamiento del terreno comprenderá siempre el derecho de explotar el yerbal y bosques que contuviese y viceversa. 

20. Desde la promulgación de esta ley todas las propiedades rurales situadas en las Provincias y Territorios Nacionales que el Banco Nacional en Liquidación ha recibido en pago de sus deudores, pasarán al cuidado y administración del Ministerio de Agricultura, el que procederá a su estudio y clasificación para ser destinadas de acuerdo con la prescripción de esta ley. 

21. Quedan derogadas todas las leyes generales de tierras, bosques y yerbales anteriores a la presente, las cuales serán aplicadas únicamente para la resolución de los asuntos en trámite, exceptuándose las disposiciones relativas a la inmigración consignadas en la ley de 19 de Octubre de 1876. 

22. Comuníquese al Poder Ejecutivo. 

fuente:  Recopilación de leyes usuales de la República Argentina (1907), Bs As, Casa editora de M. Rodriguez Giles

sábado, 8 de agosto de 2015

La formación del Estado: La Presidencia de Mitre



Presidencia de Bartolomé Mitre


Llegado Rosas al poder, Mitre emigró a Montevideo, donde en 1837 se inscribió en la Academia Militar. Al mismo tiempo colaboró en El Iniciador, órgano de la nueva generación argentina. En 1839 combatió en Cagancha; fue artillero en Montevideo sitiada. En 1846 pasó a Bolivia, donde organizó el Colegio Militar y gozó del apoyo del presidente Balivian. La situación política inestable lo obligó a seguir al Perú y Chile, hasta que en 1851 volvió a Montevideo. Tras el pronunciamiento de Urquiza se unió a sus fuerzas y combatió en Caseros como jefe de la artillería. Después de la victoria se opuso a la política de Urquiza y fue desterrado. Volvió a Buenos Aires cuando la ciudad se alzó contra Urquiza y fue el jefe de estado mayor de la ciudad sitiada.

A la vez comenzó a actuar en política; fue elegido diputado. Intransigente en lo que tocaba a la defensa de los derechos de la provincia, se oponía, sin embargo, a los que consideraba en definitiva su separación de la Confederación que se organizaba con los auspicios de Urquiza. En 1859, producido el rompimiento entre la Confederación y sus provincia, comandó el ejército de ésta en la batalla Cepeda: fue derrotado. Unida Buenos Aires a la Confederación fue elegido gobernador de esta provincia (1860). Durante el segundo conflicto que la opuso a la Confederación, volvió a comandar el ejercito bonaerense y quedó victorioso en Pavón, ante la retirada de Urquiza. Los poderes federales se disolvieron, y Mitre se declaró por el mantenimiento del régimen federal. En 1862 fue elegido presidente.

Desde su gobierno realizó una obra de organización (faltaba aún constituir sectores enteros del estado, como el Poder Judicial) y de progreso: extendió las comunicaciones ferroviarias, organizó la enseñanza secundaria, comenzó la preparación de los códigos. A la vez debió vencer las últimas resistencias que el orden constitucional levantaba en las provincias. Más grave fue la guerra del Paraguay, que a partir de 1864 reclamó las energías del gobierno; la lucha no había concluido cuando Mitre abandonó el poder. El candidato que contaba con sus simpatías para sucederlo -Elizalde- fue derrotado por Sarmiento, que contaba con fuerte apoyo en las provincias y con el del Partido autonomista de Buenos Aires.

Durante el gobierno de Sarmiento, Mitre vino a hallarse en la oposición (aunque en 1872 aceptó la embajada en el Brasil) y como candidato opositor participó en las elecciones presidenciales de 1874. Vencido, y aduciendo fraude, se alzó en armas en el S.de la provincia de Buenos Aires. Derrotado y tomado prisionero, fue condenado a muerte e indultado por el presidente Avellaneda. En 1880 no participó en el conflicto armado entre su provincia y la Nación. Durante el gobierno de Juárez Celman fue uno de los que encabezaron las fuerzas opositoras, que iban a formar la Unión Cívica. Vencida la revolución, pero alejado el impopular presidente, Mitre acordó apoyar al vicepresidente Pellegrini; ello, y su acuerdo con Roca motivó el apartamiento de los grupos intransigentes de la Unión Cívica y se formó la Unión Cívica Radical. Mientras tanto, el influjo de Mitre en Buenos Aires había llegado a ser muy grande.

A su actividad de militar y gobernante se sumó la de publicista y escritor. Fundó sucesivamente La Epoca, en su destierro boliviano, y en Buenos Aires, Los Debates, La Nación Argentina, y La Nación, donde puso al servicio de sus ideas una prosa sobriamente eficaz. Fue orador elocuente: su mejor pieza es el discurso de recepción de los restos de Rivadavia.

En su juventud escribió poemas, obras teatrales y relatos. Posteriormente tradujo a Dante y a Horacio. El legado más sólido lo dejó Mitre como historiador: en la Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, cuyo primer esbozo data de 1857, y cuya edición definitiva se publicó en 1876-1877, sigue el proceso de crecimiento de la sociedad rioplatense, que conduce lentamente a la Revolución, y examina la lucha revolucionaria y sus turbulencias. La Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana (1887-1890) intenta trazar la génesis del ideal eticopolítico que guiaba a la revolución argentina. Escribió además obras históricas menores, y, en polémica con López, publicó las Comprobaciones históricas (1881-1882), en que defendió sus conclusiones y las exigencias eruditas que guiaban su obra.


Fuente:Diccionario Enciclopédico Quillet Tomo VI. Pág. 211 Editorial Argentina Arístides Quillet. 1960, 1964, 1966, 1968 


miércoles, 22 de julio de 2015

ASÍ INFORMARON EN FRANCIA LA MUERTE DE JOSÉ DE SAN MARTÍN
El 21 de agosto de 1850, un diario de Boulogne-Sur-Mer publicó una necrológica que sorprende por lo completa y detallada. Escrita por un amigo francés, es una mimeografía exenta de algunas deformaciones de que fue objeto luego la trayectoria del Libertador
Adolph Gérard era el propietario de la casa que San Martín habitó en Boulogne-sur-mer durante poco más de un año y medio y en la cual murió. El general alquilaba un piso del edificio de la Grande Rue 105 –hoy propiedad de la República Argentina– en cuya planta baja residía el propio Gérard, abogado, periodista y por entonces director de la biblioteca de esa ciudad marítima del noroeste de Francia.
Gérard cultivó la amistad de San Martín en ese período y cuando éste murió auxilió a su hija y yerno en todos los trámites relativos a su sepelio. Días después, el 21 de agosto, publicó un extenso artículo en el diario local sobre la vida y la trayectoria político-militar de su ilustre inquilino.
Considerando que no se había escrito aún la historia de la Independencia Sudamericana y de sus protagonistas, y teniendo en cuenta también la inmediatez de esta publicación –hecha a tan sólo cuatro días de la muerte del general– cabe suponer que la fuente de los detallados conocimientos de que hace gala Adolph Gérard en su texto sobre la vida de San Martín era el mismo protagonista. De ahí su incalculable valor. Y por eso también la sorpresa ante la escasa atención que le prestaron posteriormente los estudiosos de la vida de San Martín a este texto, en el cual hay referencias a aspectos de su trayectoria que luego fueron reinterpretados, polemizados o silenciados por biógrafos supuesta mente más “rigurosos” y documentados. Un caso es el de la famosa entrevista de Guayaquil. Gérard refiere lo allí discutido –no habla de secreto– y da por cierta –citando un párrafo– una famosa carta de San Martín a Bolívar –posterior a su célebre encuentro– que hizo correr ríos de tinta a los historiadores en una interminable polémica sobre su autenticidad.
“Aunque cinco años mayor que su rival de gloria, (San Martín) le ofreció (a Bolívar) su ejército –dice Gérard sobre la entrevista que tuvo lugar en Guayaquil el 22 de julio de 1822–, le prometió combatir bajo sus órdenes, lo conjuró a ir juntos al Perú y a terminar allí la guerra con brillo, para asegurar a las desdichadas poblaciones de esas regiones el descanso que tanto necesitaban. Con vanos pretextos, Bolívar se negó. Su pensamiento no es, parece, difícil de penetrar: quería anexar el Perú a Colombia, como había anexado el territorio de Guayaquil. Para eso, debía concluir solo la conquista. Aceptar la ayuda de San Martín era fortalecer a un adversario de sus ambiciones. Bolívar sacrificó por lo tanto sin hesitar su deber a sus intereses”.
Y sobre la que se conoce como “carta de Lafond” por el nombre del autor francés que primero la publicó completa, agrega Gérard: “De Lima misma, y con fecha del 29 de agosto, había anunciado a Bolívar sus designios en una carta mantenida secreta hasta estos últimos años, y que es como un testamento político (…): ‘He convocado, le decía, para el 20 de septiembre, el primer congreso del Perú; al día siguiente de su instalación, me embarcaré para Chile, con la certeza de que mi presencia es el único obstáculo que le impide venir al Perú con el ejército que usted comanda… No dudo de que después de mi partida el gobierno que se establecerá reclamará vuestra activa cooperación, y pienso que usted no se negará a una tan justa demanda’”.
Otro detalle interesante en el artículo del Impartial de Boulogne-sur-mer es la síntesis que hace Gérard del pensamiento político de San Martín, en términos que iluminan la futilidad de la discusión sobre el monarquismo del Libertador; no porque lo niegue, sino porque lo explica, al ponerlo en contexto: “Partidario exaltado de la independencia de las naciones, sobre las formas propiamente dichas de gobierno no tenía ninguna idea sistemática. Recomendaba sin cesar, al contrario, el respeto de las tradiciones y de las costumbres, y no concebía nada menos culpable que esas impaciencias de reformadores que, so pretexto de corregir los abusos, trastornan en un día el estado político y religioso de su país: ‘Todo progreso, decía, es hijo del tiempo’. (…) Con cada año que pasa, con cada perturbación que padece, la América se acerca más aún a esas ideas que eran el fondo de su política: la libertad es el más preciado de los bienes, pero no hay que prodigarla a los pueblos nuevos. La libertad debe estar en relación con la civilización. ¿No la iguala? Es la esclavitud. ¿La supera? Es la anarquía”.
Gérard nos deja también una descripción del aspecto y carácter de San Martín por aquel entonces. Cabe señalar que, dos años antes de su muerte, en 1848, su hija Mercedes lo convenció de posar para un daguerrotipo, por entonces toda una novedad. Esa es por lo tanto la única “fotografía” que tenemos de él: aquella en la cual está sentado y luce el cabello encanecido. Permite calibrar cuáles de los tantos retratos pintados de él son los más fidedignos.
Así describía Gérard a su inquilino: “El señor de San Martín era un bello anciano, de una alta estatura que ni la edad, ni las fatigas, ni los dolores físicos habían podido curvar. Sus rasgos eran expresivos y simpáticos; su mirada penetrante y viva; sus modales llenos de afabilidad; su instrucción, una de las más extendidas; sabía y hablaba con igual facilidad el francés, el inglés y el italiano, y había leído todo lo que se puede leer. Su conversación fácilmente jovial era una de las más atractivas que se podían escuchar. Su benevolencia no tenía límites. Tenía por el obrero una verdadera simpatía; pero lo quería laborioso y sobrio; y jamás hombre alguno hizo menos concesiones que él a esa popularidad despreciable que se vuelve aduladora de los vicios de los pueblos. ¡A todos decía la verdad!”.
Del relato de Gérard, emerge además una imagen diferente del ostracismo de San Martín, presentado por muchos de sus biógrafos como un período de oscuridad y silencio. Aunque, “menos conocido en Europa que Bolívar, porque buscó menos que él los elogios de sus contemporáneos”, dice Gérard, no era un exiliado ignoto: “En sus últimos tiempos, en ocasión de los asuntos del Plata [el bloqueo anglo-francés del Río de la Plata en tiempos de Rosas], nuestro Gobierno se apoyó en su opinión para aconsejar la prudencia y la moderación en nuestras relaciones con Buenos Aires; y una carta suya, leída en la tribuna por nuestro Ministro de Asuntos Extranjeros, contribuyó mucho a calmar en la Asamblea nacional los ardores bélicos que el éxito no habría coronado sino al precio de sacrificios que no debemos hacer por una causa tan débil como la que se debatía en las aguas del Plata”.
Este hecho –la lectura de una carta de José de San Martín en el parlamento francés en la cual el general les advertía de que no podrían doblegar al pueblo argentino– muestra no sólo que su presencia en Francia no era ignorada por las autoridades de ese país sino que él se mantuvo siempre atento a lo que sucedía en su Patria e intervino cada vez que pudo con los medios a su alcance en defensa de la independencia que había conquistado.
Fuente: Claudia Peiró

Ley de Enfiteusis



Durante la gestión gubernamental de Martín Rodríguez se aplicaron una serie de disposiciones relativas a la tenencia de la tierra, que influirían directamente en la posterior elaboración de la Ley de Enfiteusis.
El 3 de noviembre de 1821 se estableció la creación del sistema de crédito púbico, y se instituyó un fondo de cinco millones de pesos. La deuda pública quedó garantizada“por todas las rentas directas e indirectas que posee la Provincia de Buenos Aires y poseyere en adelante, por todos sus créditos activos y por todas las propiedades muebles e inmuebles de la Provincia, bajo especial hipoteca y con todos los derechos de preferencia en la totalidad de los capitales y réditos”. (1)
Con la aplicación de esta ley, quedaba implícitamente decretada la inmovilidad de la tierra pública de la Provincia.
Un decreto posterior, del 17 de abril de 1822 prohibió expresamente la venta de la tierra, la entrega de títulos de propiedad, la admisión de denuncias de terrenos y la ejecución de desalojos, hasta tanto se sancionara la ley referente al tema.
Los motivos de tal medida se explicaban considerando a la tierra, entre todas las propiedades del estado, como la más adecuada para proveer recursos en casos de necesidades extraordinarias y para garantir la deuda pública, debido a que la tierra se halla sujeta a menos riesgos y tiene un valor más inagotable.
Al estar inmovilizada toda la tierra pública, no quedaban sino dos medios para utilizarla: el arrendamiento simple o la enfiteusis. El gobierno optó por este último sistema.
El 1º de julio del mismo año, se decretó lo siguiente:
1º – Ninguno de los terrenos que están a las órdenes del Ministerio de Hacienda serán vendidos.

2º – Los terrenos que expresa el artículo anterior serán puestos en enfiteusis, con arreglo a la minuta de la ley sobre terrenos.
Al contratarse el empréstito Baring en julio de 1824, se dieron como garantía de la deuda los bienes, rentas, tierras y territorios de la provincia de Buenos Aires.
Cuando se produjo la consolidación de la deuda interna, la garantía se extendió a toda la Nación, según lo expresaba en el artículo 5.
Las concesiones en enfiteusis proliferaron en la provincia de Buenos Aires, sobre todo después de las exitosas campañas contra los indios durante el gobierno de Las Heras, y de la firma del Tratado del Guanaco. Pero como aún no existía una reglamentación general al respecto cada caso fue resuelto en forma particular.
Con el fin de organizar debidamente el sistema de posesión de la tierra, el 27 de setiembre de 1824, Las Heras decretó que los interesados en pedir tierras, debían previamente acreditar que el terreno solicitado era baldío “expresando terminantemente el quedar allanado a recibirlo en enfiteusis bajo las condiciones y canon que prefije la ley y que lo pagará desde el día que tome posesión del terreno. (…) Los terrenos que se otorguen en enfiteusis no podrán ser en los de pastoreo de menos extensión que la que forma una suerte de estancia, es decir, de media legua de frente y una y medio de fondo”.

Un decreto emitido al día siguiente, complementario del anterior, establecía que todos los que ocupasen terrenos del Estado, sin autorización del Gobierno, tenían 6 meses de plazo para presentarse a fin de obtenerlos en enfiteusis; se los amenazaba con el desalojo en caso de no cumplir con esta disposición.
Pese a ello, ningún poseedor de tierras en estas condiciones las denunció, por lo tanto el 15 de abril de 1826, un decreto del Poder Ejecutivo ordenó la estricta aplicación de lo dispuesto el 28 de setiembre de 1824, aclarando que serían “desalojados irremisiblemente los que sin títulos ocupasen terrenos de propiedad pública, siempre que se denuncien o soliciten por otros en enfiteusis”.
El 7 de abril de 1826, con la firma de Bernardino Rivadavia y Julián Segundo de Agüero, el Gobierno envió al Congreso un proyecto de ley por el que se extendía a todo el país el régimen enfitéutico.
Las características del mismo diferían del que se había aplicado en Europa, donde las tierras se entregaban a perpetuidad y mediante el pago de un canon inamovible.
Rivadavia estableció la entrega de tierras por un lapso no mayor de 10 años, pues creyó que con ese tiempo desaparecería el problema del empréstito, que ya estaría saldado, y el enfiteuta tendría el privilegio de la compra de esas tierras.
Durante ocho días se debatió el proyecto en el Congreso. El 18 de mayo de 1826 fue finalmente sancionada la ley, que establecía la entrega de las tierras en enfiteusis por el término de 20 años, a partir del 1º de enero de 1827. El texto de la Ley es el siguiente:
Artículo 1º – Las tierras de propiedad pública, cuya enajenación por la ley del 15 de febrero es prohibida en todo el territorio del Estado, se darán en enfiteusis durante el termino, cuando menos, de 20 años, que empezaran a contarse desde el 1º de enero de 1827.

Artículo 2º – En los primeros diez años, el que los reciba en esta forma pagará al tesoro público la renta o canon correspondiente a un ocho por ciento anual sobre el valor que se considere a dichas tierras, sin son de pastoreo, o a un cuatro por ciento si son de pan llevar.
Artículo 3º – El valor de la tierra será graduado en términos equitativos por un jury de cinco propietarios de los más inmediatos, en cuanto pueda ser, al que ha de justipreciarse, o de tres en caso de no haberlos en ese número.
Artículo 4º – El gobierno reglará la forma en que ha de ser nombrado el jury del que habla el artículo anterior, y el juez que ha de presidirlo.
Artículo 5º – Si la evaluación hecha por el jury fuese reclamada, o por parte del enfiteuta, o por la del fisco, resolviera definitivamente un segundo jury, compuesto del mismo modo que el primero.
Artículo 6º – La renta o canon que por el artículo 2º se establece, empezara a correr desde el día en que al enfiteuta se mande dar posesión del terreno.
Artículo 7º – El canon correspondiente al primer año se satisfacerá por mitad en los dos años siguientes.
Artículo 8º – Los periodos en que ha de entregarse el canon establecido, serán acordados por el Gobierno.
Artículo 9º – Al vencimiento de los diez años que se fijan en el artículo 2º, la Legislatura Nacional reglará el canon que ha de satisfacer el enfiteuta en los años siguientes sobre el nuevo valor que se graduará entonces a las tierras en la forma que la Legislatura acuerde.

Para solicitar un terreno debía hacerse el pedido a las autoridades, quienes dispondrían la mensura del inmueble y la tasación por el jury.
Con el fin de registrar la tenencia de la tierra, se estableció el “Gran Libro de Propiedad Pública”, en el que debían extenderse todas las escrituras de los terrenos que se concedieran en enfiteusis, careciendo de valor y efecto aquellas que no estuviesen registradas allí.
Para aclarar dudas acerca de cuáles eran los terrenos que podían darse en enfiteusis, el 5 de agosto se emitió un decreto, que expresaba que los terrenos de quinta situados en los pueblos de campaña, que fueran de propiedad pública, quedaban comprendidos dentro del alcance de la ley.
Quienes se encontraban en posesión de dichos terrenos, tenían seis meses de plazo para solicitarlos en enfiteusis, bajo la pena de perder todo derecho de preferencia que tuvieren.
La ley no comprendía los solares de los pueblos de campaña. Las cesiones de dichos solares que hubiesen hecho los Comandantes autorizados para ello, seguían siendo firmes y valederas, siempre que el interesado acreditase mediante un documento, que se le había concedido esa tierra y que había tomado posesión de la misma.
Quedaban exceptuados los solares que impidieran u obstaculizaran la delineación ordenada de los pueblos de campaña, los que serían considerados como de propiedad pública. (2)
Las zonas que comprendían montes o bosques de propiedad pública no podían ser adjudicadas en enfiteusis. Su utilización debería estar reglamentada por una resolución del Departamento Topográfico.
Las tierras que antes hubieran pertenecido a corporaciones o establecimientos públicos, y en esos momentos eran propiedad del Estado, y que se encontraban en posesión de algún particular en arriendo por tiempo indefinido debían ser solicitados, y los que estuviesen arrendados por un lapso de tiempo determinado, vencido éste se darían en enfiteusis con arreglo a la ley y resoluciones generales. (3)
A pesar de todas estas disposiciones tendientes a complementar y clarificar la ley del 18 de mayo de 1826, la misma adolecía de dos fallas fundamentales: no limitaba la cantidad de tierra a obtener, lo que inmediatamente condujo a la proliferación de los especuladores, quienes comenzaron a acaparar las tierras.
Todos los que poseían influencias en las altas esferas del gobierno, obtuvieron con facilidad toda la tierra que quisieron, y en vez de trabajarla la subarrendaban convirtiendo en objeto de explotación lo que debió ser obra de bien común.
Esto traía la ruina del pequeño poseedor de tierra, ya que al producirse la concentración de grandes áreas de terreno en pocas manos, quienes habían tomado por presura una pequeña parcela de terreno, se vieron desalojados.
El otro error consistió en no haber agregado a la ley una disposición que obligase a poblar, lo que facilitó enormemente el acaparamiento y la especulación mediante la transferencia del derecho de posesión, que fue negociado como mejor convino al enfiteuta.
“Todo esto hará que apenas a un año de sancionada la ley, ochenta y cinco enfiteutas estancieros, sin desembolsar un centavo en pagar el canon detenten novecientos diecinueve (919) leguas de tierra. Otros habían ganado dinero con el negocio de las transferencias. En cambio, ochenta y seis beneficiarios de terrenos de pan llevar alcanzaban a reunir un conjunto de ochenta y cuatro (84) leguas”. (4)
Desde el punto de vista financiero, esta ley también fue un fracaso. En esos momentos el Banco Nacional había comenzado a emitir papel moneda, y a dos meses de empezar la emisión, se la transfirió en moneda de curso forzoso, lo que produjo una baja en el poder adquisitivo del peso.
Como los jurys fijaron tasas completamente ínfimas, el pago del tributo se limitó a unos pocos pesos anuales que en definitiva casi nadie pagó, a no ser en el caso de negociar alguna transferencia.
Así el gobierno, que había cifrado sus esperanzas en esos recursos para hacer frente a los vencimientos del empréstito y a los gastos originados por la guerra con el Brasil, se encontró de repente sin tierras y sin rentas.
Se trató entonces de poner restricciones a la concesión. El 10 de mayo de 1827 se dictó una ley, según la cual el Departamento Topográfico debía presentar un informe acerca de la conveniencia o no de entregar la tierra a quien la solicitaba. También debía verificar si el solicitante “tiene antes denunciados otros terrenos, cuánta es su extensión y cuál el estado del expediente que se sigue con ese motivo. Artículo 3º – Con estos datos y los demás conocimientos que el gobierno tenga a bien tomar, concederá o no en enfiteusis, el todo o sólo una parte del terreno denunciado”. (5)
Pero esta actitud no arrojó los resultados esperados ya que los acaparadores de tierras, de ahí en más siguieron solicitándola a nombre de sus familiares o de simples testaferros.
Así el régimen enfitéutico se transformó en uno de los varios procedimientos a través de los cuales los más importantes ganaderos y saladeristas de la provincia de Buenos Aires aumentaron su propiedad territorial.
Referencias
(1) Buenos Aires (Provincia), Registro Oficial, página 113.
(2) Registro Nacional, V. 2 páginas 145 y 146.
(3) Registro Nacional, V. 2, página 152.
(4) Horacio Juan Cuccorese – José Panettieri, Argentina. Manual de Historia Económica y Social – Buenos Aires (1971), página 243.
(5) Registro Nacional, V. 2, página 190
Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Lamas, Andrés – Rivadavia y la legislación de las tierras públicas. Buenos Aires (Aprox. 1920)
Oddone, Jacinto – La burguesía terrateniente argentina – Buenos Aires (1967).
Política seguida con el Aborigen (1820-1852), Tomo II, Círculo Militar, Buenos Aires
(1974).
Portal www.revisionistas.com.ar
Prado y Rojas, Aurelio – Leyes y Decretos promulgados en la Provincia de Buenos Aires, (1877)

Combate de la Vuelta de Obligado



La flota anglo-francesa primero ocupó Montevideo, exigió la libre navegación de los ríos interiores argentinos, y se apoderó mediante su artillería de grueso calibre –sin previa declaración de guerra- de la débil escuadra de Brown, quien le escribió a Rosas: “Tal agravio demandaba imperiosamente el sacrificio de la vida con honor, y sólo la subordinación a las supremas órdenes de V.E. para evitar aglomeración de incidentes que complicasen las circunstancias, pudo resolver al que firma a arriar un pabellón que durante treinta y tres años de continuos triunfos ha sostenido con toda dignidad en las aguas del Plata”. La enseña azul y blanca de los buques argentinos fue reemplazada por la francesa o inglesa, y todos sus marinos apresados. El mando de la escuadra apoderada se le otorgó al aventurero José Garibaldi.En 1845 la Confederación Argentina, gobernada por Juan Manuel de Rosas, sufrió la alevosa agresión militar de las dos principales potencias de la época: Gran Bretaña y Francia, que venían cebadas de sendas apropiaciones coloniales en China y Argelia. Contaban con el apoyo explícito del bando unitario emigrado a Montevideo y el de Fructuoso Rivera, que había derrocado en esa ciudad al gobierno legítimo de Oribe. Este, a su vez, sitiaba la ciudad por tierra y, desde hacía meses, por el río lo hacía la flota del viejo y glorioso almirante Brown. Los europeos también especulaban con el apoyo eficaz del Imperio del Brasil, interesado en la Mesopotamia y en la Banda Oriental. Por su parte, los Estados Unidos de Norteamérica, que ya habían proclamado la doctrina Monroe, la dejaron de lado para otras oportunidades más propicias: estaban demasiado ocupados en la anexión del estado mejicano de Texas.
Después de recurrir a la última ratio, las potencias imperiales se dispusieron a internar el Paraná y el Uruguay, declararon el bloqueo de todos los puertos, apresaron los barcos mercantes y se prepararon a ocupar los puntos dominantes del litoral argentino. La unidad de Garibaldi cañoneó, incendió, arruinó, tomó por asalto y saqueó la Colonia del Sacramento, luego tomó la isla Martín García, por el río Uruguay atacó al pueblo puramente comercial y desguarnecido de Gualeguaychú, saqueándolo durante dos días, a Paysandú, donde fueron rechazados, igual que en Concordia.
Pero a pesar de los atropellos, depredaciones y crueldades, la intervención no podía ocupar los puntos guarnecidos regularmente por la Confederación. Es así que las potencias resolvieron que sus escuadras combinadas forzasen a cañonazos el paso del Paraná hasta llegar y tomar a Corrientes, a fin de dominar ese gran río. Hasta entonces sólo se habían producido actos de fuerza para intimidar al gobernante nativo, método con el que en otros países habían obtenido amplias concesiones. Pero aquí y ahora, iba a comenzar la verdadera guerra.
Salvo el puñado de doctores emigrados, todo el país acompañó a Rosas en la lucha donde se comprometía la honra y la integridad nacional. Los gobernadores, las legislaturas del interior, los héroes militares de las campañas por la independencia, los hombres principales y acaudalados, los gauchos que podían manejar un fusil, los representantes diplomáticos acreditados en Buenos Aires, todos ratificaron de un modo inequívoco ese apoyo. Igual que la prensa de toda América y la de la propia Europa.
El brigadier general don Juan Manuel de Rosas se convirtió así en el representante armado de la independencia que alcanzaron con tanto sacrificio las naciones sudamericanas, y del principio republicano que miraban con desprecio las monarquías signatarias de la Santa Alianza. Era el consenso unánime manifestado de un modo elocuente el que así lo comprendía en toda la nación y en toda la patria grande. Era la bandera del río del Juramento y de los Andes que tremolaba en manos de los mismos que se habían batido en Salta, Chacabuco, Maipú y Lima. Era el padre de la patria, el Libertador don José de San Martín, ofreciendo sus servicios a Rosas, en defensa de la independencia amenazada. Y para que ningún eco de gloria faltase en ese concierto del patriotismo y del honor, la lira del autor del himno nacional llamaba así al sentimiento generoso de los argentinos:
Se interpone ambicioso el extranjero,
su ley pretende al argentino dar,
y abusa de sus naves superiores
para hollar nuestra patria y su bandera,
y fuerzas sobre fuerzas aglomera
que avisan la intención de conquistar.

Morir antes, heroicos argentinos,
que de la libertad caiga este templo:
¡daremos a la América alto ejemplo
que enseñe a defender la libertad!

[...]
(Vicente López y Planes, Oda patriótica federal recitada en el teatro de la Victoria la noche del 5 de noviembre de 1845).
En la costa norte de Buenos Aires, a unos 160 kilómetros de la Capital, poco más allá de San Pedro, el río Paraná forma un recodo que se conoce como la Vuelta de Obligado. A esa altura el río tiene unos setecientos metros de ancho, y por ahí debía pasar necesariamente la flota extranjera para llegar a Corrientes. En ese lugar levantó sus principales baterías el general Lucio Mansilla, jefe del departamento del Norte, miliciano de la reconquista con Liniers, oficial de la campaña oriental con Artigas, comandante del ejército de los Andes con San Martín, de Maipú y la campaña del sur de Chile con Las Heras, héroe de la guerra con Brasil, un probado veterano de la Independencia con dotes singulares para sacar ventajas de cualquier situación de armas.
Sin embargo, carecía de los recursos naturales para desenvolver esas cualidades: es el momento en que el águila enjaulada tiende inútilmente sus alas y devora el espacio con los ojos. Hizo lo que pudo para conseguir esos recursos –municiones de artillería e infantería para las dotaciones completas-, pero éstos nunca llegaron. Mucho patriotismo y pocas municiones.
Mansilla montó cuatro baterías en la costa firme: la denominada Restaurador Rosas mandada por Alvaro Alzogaray, la General Brown por Eduardo Brown, el hijo del almirante, la General Mansilla por Felipe Palacios, y la Manuelita por Juan Bautista Thorne. Eran servidas por un total de ciento sesenta artilleros y otros sesenta de reserva, parapetados tras merlones de tierra pisada entre cajones. Guarnecían las cuatro baterías quinientos milicianos de infantería al mando de Ramón Rodríguez y otra cantidad similar, con varios cañones, en los espacios entre ellas. De reserva, apostados en un monte, seiscientos infantes y dos escuadrones de caballería al mando de José Cortina. Detrás de ellos, unos trescientos vecinos de San Pedro, Baradero, San Antonio de Areco y San Nicolás, reunidos a último momento. La custodia del general, setenta hombres al mando de Cruz Cañete.
En la orilla, en un mogote aislado, estaban apoyadas unas anclas, a las que se asieron tres gruesas cadenas que atravesaban el río hasta la orilla opuesta, donde quedaron sujetadas a un bergantín armado con seis cañones al mando de Tomás Craig, estribor con frente al enemigo. Las cadenas se corrían sobre las proas, cubiertas y popas de veinticuatro buques desmantelados, hundidos y fondeados en línea. Con esto se propuso Mansilla mostrar a los anglo-franceses que el pasaje del río no era libre, y obligarlos a batirse si intentaban pasarlo.
La flota enemiga fondeó dos millas más abajo y durante dos días ambas fuerzas hicieron reconocimientos e intercambiaron algunos disparos de cañón. A las ocho y media de la mañana del 20 de noviembre de 1845 avanzaron sobre las baterías de Obligado once buques enemigos con noventa y nueve cañones de grueso calibre, de los cuales treinta y cinco eran Paixhans, de bala con espoleta y explosivos, acreditados por los estragos que habían hecho en los bombardeos de Méjico. Media hora después rompieron sus fuegos. La banda del batallón Patricios hizo oír el himno nacional. Mansilla, de pie sobre el merlón de la batería Restaurador Rosas invitó a los soldados a dar el tradicional grito de ¡viva la patria! Y a su voz arrogante y entusiasta, el cañón de la patria lo ilumina con sus primeros fogonazos. Otra media hora después y el combate se generaliza, entrando todos los buques en acción. Los pechos de los soldados argentinos sienten por primera vez la lluvia de bala y metralla, pero sin embargo las baterías de tierra ponen fuera de combate dos bergantines ingleses.
Al mediodía Mansilla comunica a Rosas que el enemigo no ha podido acercarse a la línea de atajo, pero que dada su superioridad, cree que lo harán, porque a él le faltan las municiones para impedirlo. Efectivamente, pocos minutos después el capitán Tomás Craig, comandante del bergantín argentino Republicano, que sostenía esa línea de atajo, quema su último cartucho. Cuando pide más municiones a tierra y le responden que ya no hay, hace volar su buque para no entregárselo al enemigo, y va con sus soldados a tomar el puesto de honor en las baterías de la derecha. Los buques de la alianza imperial avanzan hasta la línea de atajo, sufriendo todos los fuegos de las baterías. Como un volcán arrojando serpientes de fuego en todas direcciones, el agua cubierta de nubes de pólvora quemada, entre estrépitos de muerte, el Paraná se convierte en un infierno.  
En lugar prominente de este cuadro está Mansilla; y su esfuerzo prodigioso, y su vida que respeta la metralla, y su espíritu, pendiente de una probabilidad halagüeña, concentrados en ese punto del río Paraná, donde se juegan el derecho y la honra de la patria que él defiende. Hay un momento en que esa probabilidad parece sonreírle: es cuando los cañones de las baterías hacen retroceder algunos buques, ponen fuera de combate algún otro y apagan los fuegos de varios cañones enemigos. Pero simultáneamente una lancha con un contingente inglés logra cortar las cadenas y hacer pasar del otro lado algunos buques.
A las cuatro de la tarde Alzogaray, con casi todos sus artilleros muertos, quema en su cañón el último cartucho. La batería de Thorne es un castillo incendiado. Allí se sienten las convulsiones estupendas del huracán que ilumina con sus rayos una vez más la vida y que a poco fulmina la muerte entre sus ondas. El estampido del cañón sacude la robusta organización del veterano de Brown. El mismo Thorne dirige las balsas y los cañones, que hacen estragos al enemigo. Se fractura un brazo y se golpea la cabeza, de tal manera que perderá el oído para siempre. Desde entonces sus viejos compañeros le llamarán el sordo de Obligado.
Después de ocho horas de bombardeo incesante, los patriotas se quedan completamente sin municiones. Mientras los cañones de los buques enemigos siguen disparando, se lanza la infantería de desembarco sobre las diezmadas fuerzas argentinas. Mansilla se pone a la cabeza y manda calar bayonetas. Al adelantarse, es derribado por la metalla en el estómago y queda fuera de combate. El coronel Ramón Rodríguez lleva otra carga con los Patricios y repele al enemigo; pero éste finalmente logra controlar el campo. Los europeos contaron ciento cincuenta bajas en la Vuelta de Obligado y sus mejores buques quedaron bastante averiados. Los argentinos sufrieron seiscientos cincuenta hombres fuera de combate y perdieron dieciocho cañones. Durante casi ocho horas, no se dejó de hacer fuego de parte a parte. Fue un brillante hecho de armas para ambos bandos.
La victoria que alcanzaron los anglo-franceses resultó pírrica; quizás confiaron demasiado en lo que aseguraban los emigrados unitarios, su prensa y sus libros: que ante su presencia en las costas, los pueblos “sacudirían el yugo de Rosas y harían causa común con ellos”. Forzaron el pasaje del río y tal vez podrían dominarlo, pero supieron que no podrían avanzar tierra adentro, ya que se sublevarían contra ellos todas las fibras de un pueblo viril atacado en sus hogares.
El desengaño de los aliados fue tan grande, como impotente de ahí en más la prédica de los emigrados. Y después de Obligado, todos en la Confederación se pusieron sin reservas al servicio de la patria y de los principios que Rosas sostenía, ancianos de las luchas de la Independencia, gauchos viejos de la edad de oro, opositores y muchos unitarios conspicuos, como el coronel Martiniano Chilavert, el artillero más científico de la época. Pero además en toda América y en Europa se consideró a Rosas como el único jefe americano que había resistido las violencias y agresiones de las dos mayores potencias mundiales. Desde entonces será llamado “el grande hombre de la América”.
Es que en un recodo del Paraná, un 20 de noviembre de 1845, la entereza del general Lucio Mansilla, rigiendo el sentimiento nacional, en lucha desigual con los poderes más fuertes de la Tierra, supo grabar con sangre que no se borra los derechos indestructibles del honor y de la gloria de la nación. Por eso se ha instituido al 20 de noviembre como el Día de la Soberanía.
El combate de la Vuelta de Obligado se difundió, en ese momento, por todo el mundo, y ni siquiera los más acérrimos atacantes de Rosas, en Europa, pudieron dejar de elogiar el valeroso proceder de Mansilla y sus hombres. San Martín comentaría en Francia “… los interventores habrán visto.., que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”. 
En nuestro Museo de Historia Nacional hay una bandera que tomada por los ingleses en la Batalla de Obligado, fue devuelta a la Nación. Pero la historia de esta devolución es tan emotiva como desconocida y esta nota lo que pretende es narrarla no con el fervor que cualquier argentino desearía, sino con un documento que 40 años más tarde, escribiera uno de los Comandantes de la Fuerza Invasora el Almirante Sullivan, el que el 26 de octubre de 1883, – ya anciano – se presentó al Consulado Argentino en Londres para devolver una Gran Bandera Argentina.
El documento expresaba: “En la batalla de Obligado en el Paraná el 20 de octubre de 1845 un oficial que mandaba la batería principal (era la Manuelita) causó la admiración de los oficiales ingleses que estábamos más cerca de él, por la manera con que animaba a sus hombres y los mantenía al pie de los cañones durante un fuerte fuego cruzado bajo el cual esa batería estaba expuesta. Por más de 6 horas expuso su cuerpo entero. Por prisioneros heridos supimos después que era el Coronel Ramón Rodríguez del Regimiento de Patricios de Buenos Aires.
Cuando los artilleros fueron muertos, hizo maniobrar los cañones con los soldados de infantería y él mismo ponía la puntería. Cuando el combate estuvo terminado habían perdido 500 hombres entre muertos y heridos de los 800 que él comandaba. Cuando nuestras fuerzas desembarcaron a la tarde y tomaron la batería, con los restos de su fuerza se puso a retaguardia, bajo el fuego cruzado de todos los buques que estaban detrás de la batería, defendiéndola con armas blancas. La bandera de la batería fue arriada por uno de los hombres de mi mando y me fue dada por el oficial inglés de mayor rango. Al ser arriada cayó sobre algunos cuerpos de los caídos y fue manchada con su sangre.
Quiero restituir al Coronel Rodríguez si vive, o sino al Regimiento de Patricios de Buenos Aires si aún existe la bandera bajo la cual y en noble defensa de su Patria cayeran tantos de los que en aquella época lo componían. Si el Coronel Rodríguez ha muerto y si el Regimiento de Patricios no existe, yo pediría que cualquiera de los miembros sobrevivientes de su familia que la acepten en recuerdo suyo y de las muy bravas conductas de él, de sus oficiales y de sus soldados en Obligado. Los que luchamos contra él y habíamos presenciado su abnegación y bravura tuvimos grande y sincero placer al saber que habían salido ileso hasta el fin de la acción”.
Después de Obligado 
Después de la cruenta acción de Obligado, tras los barcos de guerra esperaba en el Ibicuy un convoy compuesto de 92 mercantes, de los cuales solo 50 siguieron la navegación rumbo al norte; el resto, visto los riesgos del viaje,  prefirió regresar a Montevideo.  Al pasar frente a Obligado, fueron nuevamente atacados por una artillería volante dirigida hábilmente por Thorne, que provocó daños de consideración en la mayoría de las unidades.  Lo mismo cuando trataban de pasar frente a las barrancas de Tonelero y Acevedo; ya restablecido, el propio Mansilla dirigió aquí la ofensiva, haciendo certero blanco en los buques de guerra que iban a la vanguardia. 
El río es ancho en ese paraje, y pudo eludirse sin mayores problemas el ataque argentino. Pero nuestros defensores se desplazan con increíble agilidad, neutralizando con bravura las ventajas materiales del adversario.  En San Lorenzo, a la vera del campo histórico del primer combate de San Martín en América, disimuladas entre altas malezas sobre el río, ubicó Mansilla sus baterías, dispuesto a acosar hasta el escarmiento a los intrusos. Al paso de las naves mercantes se iza de improviso la bandera argentina y todas nuestras piezas disparan simultáneamente un fuego que sembró pánico en el río y una confusión tremenda, dando unos barcos contra otros, “sin que apenas un solo buque saliera sin recibir un balazo”, según informa Inglefield al almirantazgo.  Perdieron los aliados cincuenta hombres y dos más de sus navíos de guerra, el “Dolphin” y el “Expeditive”, resultaron muy seriamente dañados. 
Al fin llegaron a Corrientes, única provincia cuyo gobierno no respondía a Buenos Aires.  Esperaban poder vender la carga que transportaban las naves mercantes, pero la guerra había sumido en una gran pobreza a los pueblos del interior, de modo que el aspecto comercial se vio signado por un rotundo fracaso.  Y había que volver a desandar el río, cosa que preocupaba seriamente a los otrora orgullosos marinos.  Resolvieron pedir refuerzos a Montevideo.  A ese efecto despacharon al “Gorgón”, pero no pudo pasar por el Tonelero.  Después de tratar de sostener el nutrido fuego que se le hacía desde tierra, tuvo que regresar y refugiarse averiado en Esquina.  Nuestros artilleros, con una habilidad increíble, atando sus baterías a la cincha de fuertes caballos, seguían a las naves del enemigo, que casi no podía creer en semejante asedio.  
Los refuerzos pedidos no llegaban, y la escuadra anglo-francesa, tan castigada ya, no se atrevía a emprender el regreso sin el auxilio de otras naves de apoyo.  Se despachó entonces la corbeta “Philomel”, atacada también en el camino, pero que logró llegar a destino.  Desde Montevideo zarpan entonces los vapores ingleses “Harpa” y “Lizard”.  Pero en el Quebracho, el “Lizard” quedó tan descalabrado que –prácticamente- no serviría ya de protección. En el parte correspondiente, el teniente Tylden dice que “el enemigo volteó nuestra pieza del castillo de proa, y su terrible fuego de metralla, que cribó el barco de proa a popa, me obligó a ordenar a oficiales y tripulación que bajasen”.  También hubo de refugiarse en Esquina. Había recibido 35 balas de cañón. 
Medio año pasó desde la acción de la Vuelta de Obligado, hasta que, después de muchas indecisiones y de grandes pérdidas, el convoy extranjero se atreve a regresar: 40 barcos mercantes y 12 de guerra, aunque dos de ellos, por lo menos, fuera de combate. 
El honor correspondió esta vez al Quebracho: fue donde se libró un encuentro definitivo.  Allí instaló Mansilla diecisiete cañones, mientras 600 soldados de infantería respaldaban esa fuerza contra un eventual desembarco, más de 150 carabineros, complementados con piquetes del batallón de Patricios, al mando del mayor Virto; en el centro, Thorne mandaba dos baterías y dos compañías de infantería, y hacia el otro extremo el batallón Santa Coloma, al mando de este jefe.  Cuando los buques de guerra enfilaron a las baterías de la Confederación, el general Mansilla, después de gritar “¡Viva la soberana independencia argentina!”, dio la orden de fuego.  El enemigo pretendía defender el paso de los buques mercantes, entreteniendo a nuestras baterías, pero fracasó en su propósito.  
La altura en que se encontraban los cañones criollos los hizo inaccesibles para la pesada artillería aliada; en cambio, el desconcierto en el río no pudo ser mayor.  Algunos barcos vararon, en su tentativa de huir, y todos sufrieron las implacables descargas de nuestras piezas.  El teniente Proctor, en su comunicado el capitán Hotham, le dice así: “El fuego fue sostenido con gran determinación; fuimos perseguidos por artillería volante y considerable número de tropas que cubrían las márgenes haciendo un vivo fuego de fusilería.  El “Harpy” está bastante destruido: tiene muchos balazos en el casco, chimeneas y cofas”.  Hotham, a su vez, acompañando la nómina de muertos y heridos ingleses y franceses en el Quebracho, confiesa al final, sobriamente: “Los buques han sufrido mucho”.  Pero el regreso del convoy, maltrecho, disminuido (en El Quebracho se perdieron muchos barcos, incendiados, varados, hundidos), provocó sordo malestar en los comerciantes de Montevideo, que se prometían pingües utilidades con transacciones de gran volumen. 
Fuente
Montero, Héctor – 20 de Noviembre.
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Investigación Histórica.
Sidoli, Osvaldo Carlos – Las naves argentinas que participaron del combate de la Vuelta de Obligado.

Segunda fundación de Buenos Aires


Segunda fundación de Buenos Aires por Juan de Garay - 11 de junio de 1580


Luego de la exploración del Río de la Plata, transcurrió un período de cuatro años donde no se realizaron más hallazgos hasta que ese río recobró valor al considerárselo una posible vía para llegar al Perú, donde Pizarro había descubierto enormes riquezas. Para ello, el emperador Carlos V, envió una expedición al mando de Pedro de Mendoza, que comenzó sus preparativos en el año 1532, y en 1534, el 21 de mayo firmó la capitulación con el rey Carlos I por la cual se lo nombraba Adelantado, Gobernador, Capitán General y Justicia Mayor del Río de la Plata o Nueva Andalucía. Entre sus deberes figuraban, hacerse cargo de los gastos de la expedición, explorar el Río de la Plata e internarse hasta hallar los dominios del Rey Blanco. Para apoyar su autoridad, debía fundar tres fuertes de piedra. Pedro de Mendoza fue el primer Adelantado en el Río de la Plata.

Con algo más de 1.500 hombres y 14 naves, arribó a la Boca del Riachuelo, a fines de enero de 1536, lugar que consideró reunía las cualidades para ser puerto. El 3 de febrero se levantó el fuerte que no pudo ser hecho de piedra, ya que nos las había en el lugar. Santa María de los Buenos Aires, fue erigida en una altura, donde actualmente se halla el parque Lezama, protegida con zanjas. Eran chozas de barro y paja, y tapias de tierra apisonada. La expedición había partido con víveres pero no fueron suficientes, ya que era imposible reabastecerse. Los indios del lugar eran sumamente hostiles. Para ello, envió a una de sus naves, la Santa Catalina a Brasil y a Juan de Ayolas a remontar el Paraná con tres naves y 250 hombres. Muchos de ellos murieron en la travesía, los que volvieron, trajeron algunas provisiones.

Los indios querandíes se ensañaron ferozmente contra los conquistadores. Ayolas levantó en las orillas del Paraná, cuando partió para buscar provisiones, el fuerte de Corpus Christi, el 15 de junio de 1536, y hacia allí se trasladó Pedro de Mendoza, dejando como gobernador interino en Buenos Aires, a Francisco Ruiz de Galán.

Cerca del fuerte de Corpus Christi, Mendoza fundó el de Buena Esperanza. Luego volvió enfermo a Buenos Aires y decidió retornar a España, pero falleció en alta mar en junio de 1537. Como Ayolas, su lugarteniente, había sido encomendado a remontar el Paraná para buscar las tierras del rey Blanco, desde donde nunca volvió al ser muerto por los indios, el fuerte de Buenos Aires quedó en manos de Francisco Ruiz de Galán.

Por Real cédula de 1537, se autorizaba a elegir Gobernador del Río de la Plata por mayoría de votos, si Mendoza no hubiera elegido lugarteniente. Como Mendoza, había designado a Ayolas y éste a u vez, había nombrado a Domingo Martínez de Irala, éste fue reconocido como gobernador y decidió despoblar el inseguro territorio del Río de la Plata, para trasladar a las personas al puerto de Asunción. A mediados de 1541, se concretó el traslado.

Desde la despoblación de Buenos Aires, los habitantes habían manifestado el anhelo de fundar una ciudad sobre las márgenes del Río Paraná. La situación de aislamiento de Asunción, hacía que los productos que llegaban desde España debieran recorrer un largo trayecto en dos etapas. Primero de Panamá a Lima, y luego de Lima a Asunción. Así, Juan de Garay, que había llegado a Asunción desde el Alto Perú en 1568, fundó Santa Fe, en su margen derecha, junta al río San Javier, a mitad de camino entre Asunción y el Río de la Plata. Nombrado Garay, gobernador interino, en ausencia del gobernador Torres de Vera y Aragón, se preocupó por realizar la segunda fundación de Buenos Aires, donde Mendoza había erigido el puerto de Buenos Aires, para continuar su propósito de “abrir puertas a la tierra”, estableciendo una ruta por el Atlántico.

Cuando se despobló Buenos Aires en 1541, hubo abandono de caballos y yeguas, los que naturalmente se multiplicaron. La apropiación de estos equinos, más la asignación de tierras aptas para el cultivo e indios para encomiendas, fue lo ofrecido para quienes estuvieran dispuestos a colaborar en la fundación. Se presentaron sesenta pobladores, que arribaron desde Asunción.

Con sogas se realizó el trazado de la ciudad, un poco más al norte que la de Mendoza, cuya fundación se concretó el 11 de junio de 1580, bajo el nombre de Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires. En el mismo acto se designó a los regidores del Cabildo. La ciudad se fundó en nombre el rey Felipe, del adelantado difunto Don Juan Ortiz de Zárate y del licenciado Juan Torre de Vera y Aragón, su sucesor.
La ciudad fue diseñada de acuerdo a las Ordenanzas de Población de las Leyes de Indias de Felipe II, del año 1573.

La forma de la ciudad era rectangular, dividida como un tablero de ajedrez. Contaba con cincuenta manzanas, cuarenta y seis urbanas y las restantes destinadas a huertas. Las manzanas urbanas se dividían en cuatro solares, salvo las que se hallaban destinaban al Fuerte, a la Plaza Mayor, al Hospital San Martín de Tours y a los conventos.

Buenos Aires nació como puerto y pronto el nombre de la ciudad, Trinidad, fue olvidado, y comenzó a ser llamada por el nombre de su puerto: Buenos Aires.  En 1583, Garay fue muerto por los indios.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
Portal www.revisionistas.com.ar